Este relato aborda las tensiones silenciosas dentro de lo laboral, donde lo no dicho muchas veces define el resultado.
La hoja estaba sobre la mesa, alineada con el borde, como si alguien hubiera medido la distancia con una regla invisible. Nadie la tocaba, ni parecía necesario hacerlo. Todos sabían lo que contenía; nadie sabía para quién era.
El ventilador giraba con un zumbido irregular y metálico, empujando el aire caliente sin siquiera aliviarlo. Las sillas estaban ocupadas con una prolijidad inusual. Nadie quería quedar de pie ese día.
Ella había llegado temprano.
Jazmines y lavandas.
Dejó su carpeta y eligió una silla contra la pared. Desde allí veía la puerta y, sin moverse, también el papel.
No se acercó.
Sabía su lugar en el padrón de méritos. Primero. Sin objeciones. Sin nulidades.
El murmullo era bajo.
—¿Ya está firmado? —preguntó alguien.
—Eso dicen.
La puerta se abrió sin golpe.
Él entró con la carpeta bajo el brazo. Saludó con un gesto breve y fue directo a la cabecera.
No miró a nadie en particular. Los miró a todos.
Apoyó la carpeta. Ordenó papeles que ya estaban ordenados.
Ella lo observó apenas.
Había algo distinto en él: su forma de moverse. Una demora mínima en cada gesto, como si midiera más de lo necesario.
Cuando tomó la hoja, ella recordó con nitidez.
El teléfono había sonado al mediodía.
Número de la institución.
—¿Sí?
—Soy yo —dijo él, con un tono que no usaba en las reuniones—. Pensé que podríamos almorzar. Hay cosas que se hablan mejor fuera del instituto.
Ella no respondió enseguida.
—Prefiero mantener esto en lo laboral —dijo.
Del otro lado, un silencio corto.
—No todo es tan rígido —insistió él, más bajo—. A veces conviene conocerse en otro contexto. Es solo un almuerzo, yo pago.
Ella sostuvo el auricular un segundo más.
—Hoy no.
Otra pausa.
—Está bien —dijo él—. Quedate tranquila… yo sé separar las cosas.
La llamada se cortó sin despedida.
Ahora, frente a la mesa, él sostenía la hoja con ambas manos.
—Bueno —dijo—. Vamos a dar inicio.
La voz le salió más baja. Se aclaró la garganta. Bebió un sorbo de agua.
—Como saben, se ha evaluado el orden de mérito…
Pasó el dedo por la primera línea.
Se detuvo.
La miró.
Ella sostuvo.
En el medio, una eternidad.
Él giró la cabeza.
Siguió.
—…y, considerando distintos aspectos vinculados al funcionamiento institucional…
—…se ha resuelto designar en el cargo a Marisa.
Nadie reaccionó en lo inmediato: un tímido abrazo, palmadas sobre la espalda de alguien en el otro extremo, un murmullo que quiso ser saludo.
El ventilador siguió girando, pero el sonido parecía haber quedado atrás.
Ella no bajó la mirada.
No necesitaba confirmar nada.
Él apoyó la hoja con cuidado excesivo.
—Cualquier inquietud puede canalizarse por las vías correspondientes.
Entonces él levantó la vista.
Y la encontró.
No fue un cruce casual.
Ella sostuvo la mirada.
Ahí estaba todo.
La llamada.
La pausa.
La frase.
Él parpadeó primero.
No apartó la vista de inmediato, pero algo en su gesto se desacomodó, como si hubiera dicho algo en voz alta que no debió.
Las sillas empezaron a moverse. El sonido volvió de golpe.
—Bueno… eso es todo por hoy.
La sala se vació sin comentarios.
Ella se levantó cuando ya casi no quedaba nadie.
Caminó hasta la mesa.
Tomó la hoja.
La leyó.
No había errores.
No había tachaduras.
No había dudas.
Solo un orden distinto al esperado, al que se había aferrado.
La dejó en su lugar.
Alineada.
Como estaba.
Cuando se dio vuelta, él seguía allí.
De pie.
Esperando algo que no llegaría.
Ella pasó a su lado sin rozarlo.
En la puerta, se detuvo un instante.
No miró hacia atrás.
—Felicitaciones —dijo alguien desde el fondo.
Nadie respondió.
El ventilador siguió girando. El perfume ya no estaba.
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