El Parque Nacional Talampaya, en la provincia de La Rioja, guarda una memoria mineral que atraviesa el tiempo geológico y humano. Sus murallas rojas, sus grietas abiertas al viento y su silencio profundo anteceden al hombre y permanecen más allá de su paso.
Este poema intenta escuchar esa voz antigua: no la del visitante que observa, sino la del territorio que permanece.
ECO DEL TALAMPAYA
No me mires
como quien busca refugio.Yo no dependo del hombre
ni de su asombro.
No fui creado para sombra humana
ni para abrigar las voces.
Se consumen en mis entrañas
el sol y la luna desnudos.
Estoy antes del nombre
y, sin embargo, después del olvido.
Fui grieta cuando todavía no había pasos.
Fui muro cuando el viento tornó en silbido.
Las promesas que tejiste
rebotan en mi piel roja y lastimada
como tus alegrías sin vuelo
y como tus penas sin nido.
No guardo memoria ni rencores:
yo desgasto al hombre
hasta volverlo polvo del limo.
No respondo a preguntas ni llantos:
las reduzco a silencio,
luego un suspiro.
Y cuando el tiempo me visita
y no se convence del destino,
la lluvia que apenas roza mis mejillas
da vida a los cactus pacientes y amarillos.
Todos pasan dejando sus huellas
Yo permanezco, sin soberbia.
Sin reclamos.
La escala inmemorial me sostiene
en la sombra que graba la piedra
en la herida que talló la mano.
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