PENDULAR

 

La verdad es que nunca pensé que algo tan común como tomar una bebida energética pudiera alterar otra cosa que no fuera el pulso. Algo de eso hay, sin dudas, pero en mi caso no fue una elección ligada a la moda: fue pura necesidad.
Tengo dos trabajos. No hago alarde de eso; simplemente, si no los tuviera, no podría estar donde vivo. Y, aun así, vivir es un decir: subsisto entre horarios de mierda y viajes hartantes en colectivo y subte.
Buenos Aires no da tregua. O rendís o te quedás afuera.
Trabajo de día en una oficina de logística para una cadena de supermercados. Ocho horas frente a una pantalla que no sabe nada de mí; a veces hasta diez horas me clavo cuando necesito plata. A la noche hago repartos en bicicleta. Suena gracioso dicho así, pero no tiene nada de vocacional: es el alquiler, las expensas, la comida, el transporte, alguna que otra salida para no sentir que todo se reduce a cumplir.
Mi cuerpo aprendió a funcionar por turnos, como una máquina a la que le soldaron un reloj temporizador. El cansancio, cuando me alcanza, se vuelve un zumbido persistente, parecido al tinnitus: molesto, recurrente, difícil de apagar.
La primera vez que tomé un energizante en horario laboral eran las nueve de la mañana. Tenía una reunión de equipo con el líder de mi área y había dormido poco la noche anterior. Era la lata negra con letras verdes, la de siempre. El sabor también: artificial, dulzón, prometedor.
Lo raro no ocurrió de inmediato. Fue rato después de la reunión, cuando estaba a punto de retomar mis tareas de escritorio. Levanté la vista y sentí que estaba en la cocina de la casa donde crecí.
No tuve miedo. Eso fue lo que más me llamó la atención.
Reconocí la mesa, la mancha de humedad en la pared, el reloj a pila con el segundero trabado sobre el número seis, insistiendo en pasar y rebotando una y otra vez. Yo era más joven. Me vi reflejado en el vidrio de la ventana; no mucho, pero lo suficiente como para sentir el cuerpo más liviano. Escuché mi propia voz diciéndole a alguien que no, que después, que más adelante. Supe exactamente qué estaba rechazando. Y supe también que no iba a cambiar nada.
Volví al presente cuando sonó el celular. Era mi jefe, preguntando si estaba conectado al sistema. No había pasado ni un minuto. El monitor, apagado.
No asocié el episodio con la bebida hasta la noche. Eran casi las veintiuna y treinta. Me esperaba una tanda larga de repartos y el cansancio ya no era solo físico: era punzante, incómodo. Esta vez tomé otro energizante, distinto en todo: la lata celeste con letras naranjas. Me lo bebí sin pensar demasiado, entre la sed y la muchedumbre del local. A los pocos minutos, la ciudad cambió.
Las calles seguían siendo las mismas, pero más sucias y hediondas. Las pantallas publicitarias ocupaban fachadas enteras. Me vi reflejado en una vidriera: más flaco, las canas marcadas, la espalda ligeramente encorvada. Un reloj de marca en el brazo derecho, un perfume penetrante.
Reconocí esa versión mía sin necesidad de explicaciones ni de interpelar a la memoria. Vivía solo. Ganaba mejor, pero dormía peor.
En ese futuro no pasaba nada extraordinario. Ese fue el verdadero golpe. Todo funcionaba. Yo funcionaba. Y, sin embargo, algo estaba definitivamente agotado.
Desde entonces acepté, sin firmar en ningún lado, que la alternancia era inevitable. Distinguirla era el pecado.
Energizante. Del color que sea, pero comprá un energizante, aunque cada día me sintiera un poco más contaminado.
El pasado me devolvía imágenes imborrables: una cachetada de mi madre. Una puteada de mi padre.
El futuro no advertía: solo se mostraba.
Ninguna versión del pasado o futuro me hablaba directamente.
Con el tiempo, las fronteras temporales empezaron a fallar. En la oficina, mientras cargaba planillas, precios y stocks, recordaba conversaciones que todavía no había tenido. En la moto, repartiendo pedidos, veía edificios que aún no existían.
Una tarde juré haber visto a mi madre en una esquina. Me mostraba una cartulina amarilla con una sola frase escrita: “Te voy a extrañar”. Supe que no podía ser ella y, sin embargo, frené.
El cuerpo empezó a resentirse. No por los viajes, sino por la confusión. Ya no sabía bien qué cansancio era mío y cuál venía de alguna otra versión.
Empecé a dormir mal incluso cuando no tomaba nada. Soñaba con horarios superpuestos, con relojes y alarmas. A menudo despertaba con la boca seca. Me buscaba otra lata.
Una noche, después del segundo trabajo, me senté en la cama con la lata fría en la mano. Me la apoyé en la frente; transpiraba en pleno invierno.
No estaba seguro de si era de noche o si estaba amaneciendo. Pensé en el pasado, en lo que no había sido. Pensé en el futuro, en lo que ya estaba siendo.
Me di cuenta de algo simple y terrible: necesitaba tomar el energizante para moverme en el tiempo. Aunque el tiempo me arrastrara igual.
Abrí la lata por costumbre. El sonido fue seco, instantáneo.
No sentí ningún cambio inmediato. Solo cansancio.
Recuerdo que llegué tarde al trabajo.
La secretaria me sonrió como siempre y dijo:
—Jefe, hay un joven esperándolo en su despacho.
 
 

Este cuento ha sido publicado también en la plataforma Entre Lectores y Escritores.
https://www.entrelectoresyescritores.com/ELE/?LEERID=user&EDIT=94238


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