Siempre soy celoso de mis cosas.
No me gusta que toquen mis efectos personales.
El celular no es un accesorio: es una extensión de mi mente, de mi mano, de mi
conciencia. No voy a ningún lado sin él. Y lo digo sin vueltas: congeniamos
desde el principio, tanto que nada en mi vida se le parece a esa relación.
Entro al quirófano de la clínica.
El frío del ambiente me atraviesa la piel. Siento que mis temores se
transforman en una entrega a lo que el destino disponga. No hablo de voluntad
de Dios.
Los brazos extendidos a mis costados. La manta verde cubriéndome la desnudez.
Un auxiliar a la izquierda conecta agujas, sondas, suero. A mi derecha, los
ojos verdes de la anestesista.
Más allá, los cirujanos con sus
atuendos impecables, alistándose.
Los ojos se me llenan de lágrimas. No las contengo. Caen por las comisuras
hacia la sábana fría.
La vista se nubla. Todo se vuelve
borroso. Escucho voces lejanas. Cada vez más lejos.
Después, la nada.
Un golpe seco me sacude.
Otro.
No sé cuándo ni de dónde proviene.
Todo es oscuridad.
El cuerpo entumecido. Casi
inmóvil. No hay luz ni rendija. Estoy acostado.
Escucho voces, ecos mezclados con llantos.
Muevo las piernas. No estoy
trabado, pero estoy encerrado. Saco las manos de los costados. No estoy
desnudo. Me vistieron como a un recién casado. Tengo las medias puestas y me
faltan los zapatos.
Sacudo la cabeza.
¿Dónde mierda estoy?
El ruido de la chapa lo aclara
todo.
Siento el peso del bolsillo. Ni poco ni tanto. Mi hermano sabe que, aun muerto,
el celular va conmigo a todos lados. Meto la mano. Ahí está.
El tiempo se vuelve espeso. Si
grito, entro en pánico. Intento despertar, pero no despierto del todo. Siguen
cayendo cosas. Golpes sordos contra esta caja cerrada que no necesito nombrar.
La pantalla está apagada.
Recordar la clave me cuesta.
Enciendo el dispositivo. Tarda
una eternidad. El aire se vuelve corto. No logro controlarlo.
La pantalla prende. Señal. Datos. Voy a las últimas llamadas. La de mi hermano.
Aprieto.
¡Atendeme!
La casilla de mensajes se abre.
No vale la pena dejar registro de lo que no alcanza a explicarse.
Busco otro contacto: mi cuñada, la esposa de mi hermano. Llamo. Se corta. La
batería empieza a agotarse. Once por ciento. ¡Qué disparate!
Me quedo inmóvil.
No reacciono. La vista se me clava en el techo de chapa sobre mi cara.
Entonces pasa algo peor. El
pánico cede antes que el aire. Respiro poco, pero respiro. Y entiendo que ya no
me desespera morir, sino cómo voy a vivir si salgo.
¡Eso es lo peor!
En la calma absoluta entiendo la
verdad: no estoy atrapado en el ataúd, el ataúd está atrapado conmigo.
Todo se sacude. El casco vibra
con los golpes.
El corazón me zapatea en el pecho, entre el auxilio y el llanto.
Los ruidos cesan.
La pantalla del celular se
enciende otra vez.
Alguien me está llamando.

Claustrofobico. Un relato que va creciendo en intensidad y desesperación, aun siendo breve. Pero lo mejor... lo mejor es haberlo dejado abierto. Sin resolución.
ResponderEliminarExcelente!!!!, estoy conteniendo el aire
ResponderEliminarLo leí sin respirar!!! Es mortal!!!
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